Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La luz del fuego relucía sobre los lomos blancos y verdes de Gog y Magog, sobre la suave cabeza marrón del setter que se calentaba al fuego perezosamente tendido en la alfombra, sobre los cuadros colgados de las paredes, sobre los narcisos de la maceta de la ventana, sobre Ana misma, sentada junto a su mesita, con la costura a su lado y las manos entrelazadas alrededor de una rodilla mientras dibujaba escenas en el fuego: castillos en España cuyas altas torres atravesaban nubes iluminadas por la luna y las franjas de color del ocaso, barcos que zarpaban del Cabo de Buena Esperanza hacia el Puerto de Cuatro Vientos con preciosa carga. Pues Ana era otra vez una soñadora, aunque el miedo iba con ella noche y día para ensombrecer y oscurecer sus visiones.
Gilbert estaba acostumbrado a hablar de sí mismo como «un casado viejo». Pero seguía mirando a Ana con los ojos incrédulos de un novio. No acababa de creer que ella fuera realmente suya. Podría ser sólo un sueño, después de todo, parte integral de esta mágica casa de los sueños. Su alma seguía andando de puntillas ante ella, temiendo que el encantamiento se quebrara y el sueño se desvaneciera.
—Ana —dijo, en voz baja—, escúchame un momento. Hay algo de lo que quiero hablar contigo.
Ana lo miró a través de la penumbra iluminada por el fuego.