Valancy Stirling
Valancy Stirling Sus ojos, que ella siempre había imaginado castaños, ahora que podía verlos de cerca eran de un violeta profundo, intenso y traslúcido. Las curvaturas de sus cejas se veían dispares. Estaba delgado —demasiado delgado—, y ella deseó poder alimentarle un poco; deseó poder coserle los botones de su abrigo, hacer que se cortara el pelo y se afeitara todos los días. Había algo en su cara difícil de definir. ¿Cansancio? ¿Tristeza? ¿Desesperanza? Al sonreír aparecían dos hoyuelos en sus delgadas mejillas. Todos estos pensamientos pasaron por la mente de Valancy en aquel instante, cuando los ojos de Barney se encontraron con los suyos.
—Buenas tardes, señorita Stirling.
Nada podía ser más común y convencional. Cualquiera podría haber dicho lo mismo. Pero Barney Snaith tenía una peculiar manera de decir las cosas que les confería una intensa emoción. Cuando decía buenas tardes, en verdad sentías que era una buena tarde y que él era en parte responsable de ello; aunque también sentía uno que parte del crédito era propio. Valancy sintió todo esto vagamente, pero no podía entender por qué temblaba de pies a cabeza —debía ser su corazón—. ¡Ojalá él no se diera cuenta!
—Voy a Port Lawrence —dijo Barney—. ¿Podría tener el honor de traerle algo o hacer algún encargo para usted o para Cissy?
—¿Podría traernos bacalao? —dijo Valancy.