Valancy Stirling

Valancy Stirling

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—¡Oh! —le dijo una preciosa niña—. Estoy realmente desolada por ti. No tienes pretendiente.

Valancy había respondido con un tono desafiante, como continuaría haciéndolo durante los veinte años siguientes.

—Yo no quiero un pretendiente.

Pero esa tarde Valancy dejó de decir aquello de una vez por todas.

«Seré honesta conmigo misma —pensó con furia—. Las charadas del tío Benjamin me molestan porque son ciertas. Quiero casarme. Quiero tener mi propia casa… quiero un marido… quiero pequeños y adorables bebés mofletudos».

Valancy se detuvo repentinamente, aterrada por su propia temeridad. Estaba segura de que el reverendo doctor Stalling, que en aquel momento pasaba junto a ella, podía leer sus pensamientos y los desaprobaba en su totalidad. Valancy temía al doctor Stalling; le temía desde aquel famoso domingo, veintitrés años atrás, en que asistió por primera vez a la iglesia de Saint-Albans. Valancy llegó aquel día con retraso a la escuela dominical[10], por lo que entró discretamente en el templo y tomó asiento en uno de los bancos. No había nadie más en la iglesia, a excepción del nuevo pastor, el doctor Stalling, que se levantó frente a la puerta del coro, la llamó, y le dijo con tono severo:

—Ven aquí, jovencito.


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