UtopÃa
UtopÃa —Mi querido Moro —me dijo Rafael—, ya sabrás perdonarme esta disertación tan larga con que te he abrumado. Me avergonzarÃa de ello de no haberlo solicitado tú con tanta insistencia. Me parecÃa, además, que estabas tan interesado como si no quisieras perder ripio de la conversación. Cierto que habrÃa podido ser un poco más breve, pero quise alargarme para que vieras que los mismos que despreciaban lo que yo iba exponiendo, no tardaron en aplaudirlo cuando el Cardenal no me desaprobó. Su adulación llegó hasta tal extremo que llegaron a celebrar las genialidades del parásito, y a tomarlas casi en serio, porque su señor no las rechazaba, por pura delicadeza. ¿Puedes imaginarte ahora el caso que de mà y de mis consejos harÃan estos cortesanos?