Así habló Zaratustra
Así habló Zaratustra En ser indulgente y compasivo estuvo siempre mi máximo peligro[342]; y todo ser humano quiere que se sea indulgente con él y se le sufra.
Reteniendo las verdades, garabateando cosas con mano de necio, con un corazón chiflado, y echando numerosas mentirillas de compasión[343]: – así he vivido yo siempre entre los hombres.
Disfrazado me sentaba entre ellos, dispuesto a conocerme mal a mí para soportarlos a ellos, y diciéndome gustoso: «¡tú, necio, tú no conoces a los hombres!».
Se desaprende a conocer a los hombres cuando se vive entre ellos: demasiado primer plano hay en todos los hombres, – ¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven lejos, que buscan lejanías!
Y cuando ellos me conocían mal: yo, necio, los trataba por esto con más indulgencia que a mí mismo: habituado a la dureza conmigo y a menudo vengando en mí mismo aquella indulgencia.
Acribillado por moscas venenosas y excavado, cual la piedra, por la maldad de muchas gotas, así me hallaba yo sentado entre ellos y me decía además a mí mismo: «¡inocente de su pequeñez es todo lo pequeño!».
Especialmente aquellos que se llaman «los buenos», encontré que ellos eran las moscas más venenosas de todas: clavan el aguijón con toda inocencia, mienten con toda inocencia; ¡cómo serían capaces – de ser justos conmigo!