Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano IRONÍA.— La ironía no es oportuna más que como método pedagógico de un maestro en sus relaciones con los discípulos, de cualquier clase que sean; su fin es la humillación, la confusión; pero de esa especie saludable que despierta buenas resoluciones y que llega a obligarnos, para quien nos ha tratado así, al respeto, a la gratitud, como a nuestro médico. El ironista afecta un aire de ignorancia, y esto hace que los que con él conversan sean engañados, adquieran seguridad en la convicción de su propia superioridad y ofrezcan así toda clase de motivos de ironía; pierden su reserva, se muestran tales como son, hasta que en momento dado la luz que tenían en la boca de su maestro haga caer de manera muy humillante sus ratos sobre ellos mismos. Allí donde una relación semejante a la del maestro y el discípulo no tiene lugar, es un mal procedimiento, una vulgar aceptación. Todos los escritores irónicos cuentan con aquella especie necia de hombres que se creen de grado superiores a todos los demás, juntamente con el autor, a quien consideran órgano de su pretensión. El hábito de la ironía, como el del sarcasmo, corrompe la moral.
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