1984

1984

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El hombre obedeció mientras le temblaban los bolsones de sus mejillas. Se abrió la puerta de golpe y en-tró el joven oficial, que se apartó para dejar pasar a un guardia achaparrado con enormes brazos y hombros.

Se colocó frente al hombre del mendrugo y, a una orden muda del oficial, le lanzó un terrible puñetazo a la boca apoyándolo con todo el peso de su cuerpo. La fuerza del golpe empujó al individuo hasta la otra pared de la celda. Se cayó junto al retrete. Le brotaba una sangre negruzca de la boca y de la nariz. Después, gi-miendo débilmente, consiguió ponerse en pie. Entre un chorro de sangre y saliva, se le cayeron de la boca las dos mitades de una dentadura postiza.

Los presos estaban muy quietos, todos ellos con las manos cruzadas sobre las rodillas. El hombre ratonil volvió a su sitio. Se le oscurecía la carne en uno de los lados de la cara. Se le hinchó la boca hasta formar una masa informe con un agujero negro en medio. Sus ojos grises seguían moviéndose, sintiéndose más culpable que nunca y como tratando de averiguar cuánto lo despreciaban los otros por aquella humillación.

Se abrió la puerta. Con un pequeño gesto, el oficial señaló al hombre esquelético.

-Habitación 101 dijo.

Winston oyó a su lado una ahogada exclamación de pánico. El hombre se dejó caer al suelo de rodillas y rogaba con las manos juntas:


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