Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña El endiablado estrépito proseguía. Pero, por lo que podía ver, y por lo que oía, la lucha era defensiva en ambos bandos. La gente se limitaba a permanecer en sus edificios o detrás de sus barricadas y a disparar contra los que estaban al otro lado. A unos ochocientos metros de nuestra posición había una calle donde algunas de las principales sedes de la CNT y de la UGT estaban emplazadas casi unas enfrente de las otras; el ruido procedente de esa dirección era terrorífico. Pasé por esa calle al día siguiente del cese de la lucha: los vidrios de los negocios parecían cribas. (La mayoría de los comerciantes de Barcelona habían pegado tiras de papel cruzadas sobre los cristales de los escaparates, de modo que cuando una bala daba en ellos no los destrozaba completamente). A veces el tableteo de las ametralladoras se combinaba con el estallido de las granadas. A intervalos muy prolongados —quizá una docena de veces en total—, se oían tremendas explosiones que en ese momento no pude explicarme; parecían bombas de aviación, pero eso era imposible, puesto que por allí no se divisaban aviones. Más tarde me dijeron que algunos agentes provocadores hacían estallar grandes cantidades de explosivos a fin de aumentar el ruido y el pánico. Con todo, no hubo fuego de artillería. Yo me mantenía atento; si los cañones comenzaban a disparar, significaría que las cosas se ponían serias. (La artillería constituye un factor decisivo en la lucha callejera). Posteriormente, los periódicos publicaron noticias absurdas sobre baterías de cañones que disparaban en las calles, pero ninguno pudo mencionar un edificio dañado por uno de esos proyectiles. En cualquier caso, el estruendo de un cañón resulta inconfundible, si uno está acostumbrado a él.