Homenaje a Cataluña

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Casi desde el comienzo escasearon los alimentos. Con grandes dificultades y al abrigo de la oscuridad (pues los guardias civiles tenían siempre tiradores apostados en las Ramblas), se llevaba comida desde el hotel Falcón para los quince o veinte milicianos de la sede central del POUM. Casi no alcanzaba y todos tratábamos de llegar hasta el hotel Continental para comer. El Continental, que había sido «colectivizado» por la Generalitat y no, como la mayoría de los hoteles, por la CNT o la UGT, se consideraba terreno neutral. En cuanto comenzó la lucha, el hotel quedó atestado de la más increíble colección de individuos. Había periodistas extranjeros, sospechosos políticos de todas las tendencias, un aviador norteamericano al servicio del gobierno, varios agentes comunistas, un obeso ruso de aspecto siniestro, a quien se suponía agente de la GPU[16], conocido por el sobrenombre de Charlie Chan y que llevaba sujetos al cinturón un revólver y una pequeña granada, algunas familias españolas acomodadas que parecían simpatizar con los fascistas, dos o tres heridos de la Columna Internacional, un grupo de camioneros, a quienes los disturbios habían impedido llegar a Francia con un cargamento de naranjas, y varios oficiales del Ejército Popular. El Ejército Popular, como cuerpo, permaneció neutral durante toda la lucha, si bien algunos soldados se escaparon de los cuarteles e intervinieron individualmente; el martes por la mañana vi a dos de ellos en las barricadas del POUM. Al comienzo, antes de que la escasez de alimentos se agudizara y los periódicos empezaran a avivar el odio, hubo una tendencia a tomar todo a broma. Acontecimientos de este tipo ocurren todos los años en Barcelona, decía la gente. Giorgio Tioli, un periodista italiano, gran amigo nuestro, entró con los pantalones empapados de sangre. Había salido para ver qué ocurría, se puso a vendar a un hombre herido que yacía en la acera, cuando alguien le arrojó «jugando» una granada, sin herirlo afortunadamente de gravedad. Recuerdo su comentario de que sería conveniente numerar las piedras de las calles de Barcelona y ahorrar así mucho trabajo en la construcción y demolición de las barricadas. Recuerdo también a dos hombres de la Columna Internacional, sentados en mi habitación cuando yo llegué cansado, sucio y hambriento al cabo de una noche de guardia. Su actitud fue por completo neutral. De haber sido buenos miembros del partido, supongo que me hubieran instado a cambiar de bando o tal vez quitado las granadas que me abultaban en los bolsillos; en vez de esto, se limitaron a expresar su pesar al saber que debía pasar mi permiso haciendo guardia en un terrado. La actitud general era: «Esto no es más que una riña entre los anarquistas y la policía; no significa nada». A pesar de la intensidad de la lucha y el número de bajas creo que estaba más cerca de la verdad que la versión oficial que describía lo ocurrido como un levantamiento planeado.


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