Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Hacia el miércoles (5 de mayo) las cosas comenzaron a cambiar. Las calles desiertas ofrecían un aspecto siniestro. Unos pocos transeúntes, obligados a salir por algún motivo, se deslizaban de un lado a otro agitando pañuelos blancos. En un lugar a media altura de las Ramblas y a salvo de las balas, algunos hombres voceaban los periódicos en la calle vacía. El martes, el periódico anarquista Solidaridad Obrera describía el ataque policial contra la Central Telefónica como una «monstruosa provocación» (o algo similar), pero el miércoles cambió de tono y comenzó a pedir que se retornara al trabajo. Los líderes anarquistas transmitieron por radio el mismo mensaje. Las oficinas de La Batalla —el periódico del POUM—, que carecían de defensa, habían sido atacadas y ocupadas por los guardias civiles casi al mismo tiempo que la Central Telefónica, pero el periódico seguía imprimiéndose en otro local. En los pocos ejemplares distribuidos se instaba a permanecer en las barricadas. La gente no sabía qué pensar y se preguntaba cómo terminaría todo. Creo que nadie abandonó las barricadas, pero todos estaban hartos de esa lucha carente de sentido. Nadie deseaba que se convirtiera en una verdadera guerra civil que habría podido significar la derrota frente a Franco. Este temor encontraba expresión en todos los sectores. Podía deducirse de los comentarios oídos que las filas de la CNT deseaban, igual que al comienzo, sólo dos cosas: la devolución de la Central Telefónica y el desarme de los odiados guardias civiles. Si la Generalitat hubiera prometido ambas cosas, y también poner fin al mercado negro de alimentos, las barricadas habrían desaparecido en un par de horas. Pero era obvio que la Generalitat no estaba dispuesta a ceder. Comenzaron a circular desagradables rumores. Se decía que el gobierno de Valencia enviaba seis mil hombres para ocupar Barcelona y que cinco mil milicianos anarquistas y del POUM habían abandonado el frente de Aragón para plantarles cara. Sólo el primero de esos rumores era cierto. Desde la torre del observatorio vimos las formas chatas y grises de los barcos de guerra aproximándose al puerto. Douglas Moyle, que había sido marino, afirmó que parecían destructores británicos. Eran ciertamente destructores británicos, pero esto lo supimos más tarde.