Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Esa tarde mi esposa y yo fuimos a ver a Kopp por última vez. No podíamos hacer nada por él, absolutamente nada, excepto despedirnos y dejarle algún dinero a cargo de los amigos españoles, que le llevarían comida y cigarrillos. Poco tiempo después, cuando ya no estábamos en Barcelona, fue incomunicado* y ni siquiera fue posible enviarle comida. Esa noche, caminando por las Ramblas, pasamos frente al Café Moka, que los guardias civiles seguían ocupando. Movido por un impulso, entré y me dirigí a dos de ellos que estaban apoyados en el mostrador con los fusiles colgados del hombro. Les pregunté si sabían cuáles de sus camaradas habían estado de guardia allí durante los sucesos de mayo. Lo ignoraban y, con la habitual imprecisión española, tampoco sabían cómo averiguarlo. Les dije que mi amigo Jorge Kopp estaba en la cárcel y que quizá sería sometido a juicio por algo relacionado con los sucesos de mayo; que los hombres entonces de guardia allí sabían que había evitado la lucha y salvado algunas de sus vidas; debían presentarse y declarar en ese sentido. Uno de los hombres con quienes hablaba tenía aspecto taciturno y abatido, y sacudía la cabeza sin cesar porque no podía entenderme con el bullicio del tránsito. Pero el otro era distinto. Me dijo que había oído a algunos de sus camaradas hablar de lo que había hecho Kopp; que Kopp era un buen chico*. Pero ya mientras lo escuchaba tenía la seguridad de que todo era inútil. Si alguna vez se juzgaba a Kopp, lo sería, como en todos esos juicios, sobre la base de pruebas falsificadas. Si ya lo han fusilado (y me temo que sea lo más probable), su epitafio será: el buen chico* del pobre guardia civil que formaba parte de un sucio sistema, pero seguía siendo lo bastante humano como para reconocer un acto noble cuando lo veía.