Homenaje a Cataluña

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Llevábamos una existencia extravagante y de locura. Por la noche vivíamos como criminales, pero de día éramos prósperos turistas ingleses o, al menos, tratábamos de parecerlo. Afeitarse, bañarse y lustrarse los zapatos hacen maravillas en el aspecto de una persona, incluso después de una noche al aire libre. Lo más seguro en ese momento era parecer tan burgués como fuera posible. Frecuentábamos el barrio residencial de la ciudad, donde nuestras caras no eran conocidas, y comíamos en caros restaurantes donde nos mostrábamos muy ingleses con los camareros. Por primera vez en mi vida me puse a escribir en las paredes. Los pasillos de varios restaurantes de moda ostentaban en las suyas «¡Visca POUM!»* en letras tan grandes como pude hacer. Aunque me mantenía técnicamente escondido todo el rato, no me sentía en peligro. Todo parecía demasiado absurdo. Tenía la inerradicable convicción inglesa de que «ellos» no podían arrestar a alguien a no ser que hubiera violado la ley. Es una creencia extremadamente peligrosa durante un pogromo político. Había orden de apresar a McNair, y era probable que el resto de nosotros figuráramos también en la lista. Los arrestos, registros y allanamientos continuaban sin pausa; prácticamente todos los que conocíamos, exceptuando aquellos que seguían en el frente, estaban ya en la cárcel. La policía incluso llegó a subir a los barcos franceses que periódicamente se llevaban refugiados en busca de sospechosos de «trotskismo».


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