Homenaje a Cataluña

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Gracias a la bondad del cónsul británico, quien debió de pasar una semana muy difícil, logramos poner nuestros pasaportes en regla. Cuanto antes partiéramos, mejor sería. Había un tren que salía para Portbou a las siete y media de la noche y que, según cabía esperar; lo haría a eso de las ocho y media. Acordamos que mi esposa pediría un taxi con anticipación y prepararía luego las maletas, pagaría la cuenta y abandonaría el hotel en el último momento posible. Si los empleados del hotel se enteraban a tiempo de sus propósitos, seguro que avisarían a la policía. Llegué a la estación hacia las siete, y me encontré con que el tren ya había partido a las siete menos diez. El maquinista había cambiado de idea, como de costumbre. Por fortuna, logramos avisar a mi esposa a tiempo. Otro tren salía a primera hora de la mañana siguiente. McNair, Cottman y yo cenamos en un pequeño restaurante cerca de la estación y, tras un tanteo cauteloso, descubrimos que el dueño del restaurante era miembro de la CNT y que simpatizaba con nosotros. Nos proporcionó una habitación con tres camas y se olvidó de avisar a la policía. Era la primera vez en cinco noches que podía dormir sin ropa.





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