Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Por fin cruzamos la frontera sin incidentes. El tren tenía vagón de primera clase y vagón-restaurante, el primero que veía en España. Hasta no hace mucho sólo existía clase única en los trenes de Cataluña. Dos policías de civil recorrieron el tren anotando el nombre de los extranjeros, pero cuando nos vieron en el vagón-restaurante parecieron conformarse con nuestro aspecto respetable. Resultaba extraño ver cómo había cambiado todo. Sólo seis meses antes, cuando aún dominaban los anarquistas, era el aspecto de proletario el que hacía a uno respetable. En la ida, camino de Perpiñán a Cerbére, un viajante francés sentado junto a mí me había dicho con toda solemnidad: «Usted no puede ir a España con ese aspecto. Quítese el cuello y la corbata. Se los van a arrancar en Barcelona». Sin duda exageraba, pero eso demuestra la idea que se tenía de Cataluña. En la frontera, los guardias anarquistas habían impedido la entrada a un francés vestido elegantemente y a su esposa por el único motivo, según creo, de que parecían demasiado burgueses. Ahora era al revés: para salvarse había que parecer burgués. En el puesto de control buscaron nuestros nombres en la lista de sospechosos, pero gracias a la ineficacia de la policía nuestros nombres no figuraban en ella, ni siquiera el de McNair. Nos registraron de pies a cabeza; no llevábamos nada comprometedor exceptuando mi certificado de licencia, pero los carabineros que me registraron no sabían que la División 29 pertenecía al POUM. Pasamos la barrera, y después de seis meses justos me encontraba de nuevo en suelo francés. Los únicos recuerdos que me llevaba de España eran una bota de piel de cabra y una de esas pequeñas lámparas de hierro en las que los campesinos aragoneses queman aceite de oliva y cuya forma es casi idéntica a la de las lámparas de terracota usadas por los romanos hace dos mil años. La había encontrado en una choza en ruinas e inexplicablemente seguía en mi poder.