Homenaje a Cataluña

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Mientras tanto, nada ocurría; jamás ocurría nada. Los ingleses habían adquirido el hábito de decir que ésa no era una guerra, sino una maldita pantomima. Casi nunca estábamos bajo el fuego directo de los fascistas. El único peligro provenía de las balas perdidas, las cuales, como las líneas del frente se curvaban hacia adelante en ambos lados, procedían de varias direcciones. Todas las bajas en ese periodo se debieron a esta causa. Arthur Clinton recibió una bala misteriosa que le aplastó el hombro izquierdo, inutilizándole el brazo para siempre, según me temo. De vez en cuando había algo de fuego de artillería, pero con muy poca eficacia. El silbido y el estallido de los proyectiles era considerado, en realidad, como una especie de diversión. Los fascistas nunca arrojaban bombas sobre nuestro parapeto. Unos centenares de metros detrás de nosotros había un establecimiento de campo, con grandes edificios, llamado La Granja, utilizado como depósito, cuartel general y cocina en nuestro sector. Ése era el blanco de los artilleros fascistas, pero como estaban a cinco o seis kilómetros de distancia y no apuntaban bien, jamás lograron algo más que romper las ventanas y desconchar las paredes. Sólo se corría peligro si uno se encontraba ascendiendo cuando comenzaba el fuego y si las bombas caían a ambos lados del camino. Aprendimos casi enseguida el misterioso arte de adivinar por el sonido de un proyectil a qué distancia caería. Las bombas que los fascistas disparaban en ese período eran vergonzosamente malas. Aunque usaban proyectiles de 150 milímetros, nunca hacían un orificio mayor de dos metros de ancho por uno de profundidad, y por lo menos uno de cada cuatro no explotaba. Corrían los habituales cuentos románticos de sabotaje en las fábricas fascistas y de proyectiles sin explotar en los que, en lugar de la carga, se encontraba un pedazo de papel con la leyenda «Frente Rojo», pero nunca vi ninguno. La verdad es que se trataba de proyectiles viejísimos; alguien encontró una vez una espoleta con la fecha de 1917. Los cañones fascistas eran de la misma construcción y calibre que los nuestros, y a menudo se reacondicionaban los proyectiles sin explotar y se los volvía a utilizar. Se decía que había un viejo proyectil, con un apodo propio, que viajaba todos los días de un lado al otro sin explotar jamás.


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