Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña A medida que pasaban los días, íbamos distinguiendo las diferencias de los cañones invisibles, pero audibles. Había dos baterías de cañones rusos de 75 mm que disparaban desde nuestra retaguardia y que, de alguna manera, evocaban en mi mente la imagen de un hombre gordo golpeando una pelota de golf. Eran los primeros cañones rusos que veía o, más bien, oía. Tenían una trayectoria baja y velocidad muy alta, de modo que uno oía la explosión, el silbido y el estallido del proyectil de manera casi simultánea. Detrás de Monflorite había dos pesados cañones que disparaban pocas veces al día, con un rugido profundo y sordo semejante al aullido de distantes monstruos encadenados. En la fortaleza medieval de Monte Aragón, tomada por las tropas leales el año anterior (fortaleza que en toda su historia nunca había sido conquistada, según se decía), y que dominaba uno de los accesos a Huesca, funcionaba un pesado cañón, construido sin duda en el siglo XIX. Sus grandes proyectiles pasaban silbando con tanta lentitud que uno tenía la sensación de que podía correr a la par de ellos. Un proyectil de este cañón sonaba algo así como un ciclista que pasara pedaleando y silbando al mismo tiempo. Los morteros de trinchera, tan pequeños como eran, producían el peor ruido. Sus proyectiles son una especie de torpedo alado, de forma similar a los dardos que se arrojan en los sitios de recreo, y del tamaño de un botellín; explotan con un sonido metálico diabólico, como el de algún monstruoso globo de acero al estrellarse sobre un yunque. A veces nuestros aeroplanos sobrevolaban el lugar y soltaban esos torpedos aéreos cuyo tremendo rugido hace temblar la tierra a tres o cuatro kilómetros de distancia. Los disparos de la artillería antiaérea fascista punteaban el cielo como nubecitas en una mala acuarela, pero nunca vi que se acercaran siquiera a mil metros de un aeroplano. Cuando un avión desciende en picado y emplea su ametralladora, las descargas se perciben desde abajo como un batir de alas.