La hija del clerigo

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No obstante, poco a poco, sus percepciones se fueron agudizando. El torrente de objetos en movimiento fue llegando más allá de su mirada y ordenándose en su cerebro como imágenes separadas. Empezó a reparar, todavía sin palabras, en la forma de las cosas. Un objeto alargado pasó flotando sobre otros cuatro más estrechos y alargados, tirando de algo de forma cuadrada que se sostenía en equilibrio sobre dos círculos. Dorothy lo vio pasar y de pronto, de manera casi espontánea, una palabra destelló en su imaginación: la palabra «caballo». Se desdibujó y luego volvió a aparecer en una forma más compleja: «Eso es un caballo». Siguieron otras palabras: «casa», «calle», «tranvía», «coche», «bicicleta», y al cabo de unos minutos encontró un nombre para casi todo lo que veía. Descubrió las palabras «hombre» y «mujer» y, especulando sobre ambas, comprobó que también sabía la diferencia entre las cosas vivientes e inanimadas, entre las personas y los caballos, y entre los hombres y las mujeres.







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