La hija del clerigo
La hija del clerigo Solo entonces, después de tener conciencia de casi todo lo que la rodeaba, empezó a tener conciencia de sí misma. Hasta ese momento había sido solo un par de ojos con un cerebro receptivo, pero puramente impersonal. En cambio ahora, con un curioso sobresalto, descubrió que tenía existencia independiente, notó que existía; igual que si algo en su interior exclamara: «¡Soy yo!». También intuyó de algún modo que aquel «yo» había existido antes y había sido el mismo desde un pasado muy lejano, que no lograba recordar.
Pero ese descubrimiento la ocupó solo un instante. Desde el primer momento tuvo una sensación de que le faltaba algo y eso lo hacía vagamente insatisfactorio. Y era esto: el «Soy yo» que antes le había parecido una respuesta se había convertido ahora en una pregunta. Ya no era «Soy yo», sino «¿Quién soy?».