La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Capítulo dos

I

Dorothy recobró en parte la conciencia saliendo de un sopor negro y sin sueños, con la sensación de que la habían arrastrado por abismos enormes y cada vez más luminosos.

Aún tenía los ojos cerrados. No obstante, poco a poco, sus párpados se volvieron menos opacos a la luz, y luego pestañearon por impulso propio. Vio una calle…, una calle sucia y animada llena de tiendecitas y casas de fachadas estrechas, y un torrente de hombres, tranvías y coches que iban y venían.

No obstante, todavía no puede decirse propiamente que viera nada. Pues no percibía lo que veía como hombres, tranvías, coches o ninguna otra cosa, ni siquiera como objetos en movimiento, o como objetos. Veía igual que un animal, sin especulación y casi sin conciencia. Los ruidos de la calle, el confuso estrépito de voces, bocinas y el chirrido de los tranvías en los raíles mugrientos fluían por su cabeza causando respuestas puramente físicas. No tenía palabras, ni sabía qué utilidad podía tener semejante cosa, ni conciencia del tiempo o el espacio, de su cuerpo o incluso de su propia existencia.


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