La hija del clerigo
La hija del clerigo Dorothy recordaría siempre las tardes de aquella época pasada en los campos de lúpulo. Aquellas horas largas y laboriosas trabajando a pleno sol, entre el canturreo de cuarenta voces y el aroma del lúpulo y la leña tenían una peculiaridad que las hicieron inolvidables. A medida que avanzaba la tarde uno se sentía tan cansado que apenas se tenía en pie, los diminutos pulgones verdes del lúpulo se te metían en el pelo y en las orejas, y las manos, debido al zumo sulfuroso, acababan como las de un negro, menos por donde sangraban. Y sin embargo uno sentía una felicidad irracional. El trabajo te absorbía y te dejabas arrastrar por él. Era un trabajo estúpido, mecánico, agotador y cada día más doloroso para las manos, pero no te aburrías nunca, cuando hacía buen tiempo y los conos eran buenos, uno tenía la sensación de poder seguir recogiendo lúpulo eternamente. Pasar allí una hora tras otra, arrancando los pesados racimos y viendo cómo subía cada vez más la pila de color verde pálido en la saca, proporcionaba una especie de deleite físico, una cálida satisfacción, cada media fanega eran dos peniques más que iban a parar a tu bolsillo. El sol te iba tostando la piel y el aroma amargo como el viento de un océano de cerveza fría entraba en tu nariz y te refrescaba. Cuando brillaba el sol todos cantaban, las plantaciones resonaban con las canciones de labor. Por alguna razón aquel otoño eran todas tristes y trataban de amores despechados y fidelidad no correspondida, como versiones arrabaleras de Carmen y Manon Lescaut. Había una que decía así: