La hija del clerigo

La hija del clerigo

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¡Ahí van tan contentos,

feliz ella…, feliz él…!

¡Y yo aquí,

con el corazón destrozado!

Y otra:

¡Pero bailo con lágrimas en los ojos

porque no eres tú la chica que tengo en mis brazos!

Y:

¡Las campanas suenan por Sally,

pero no por Sally y por mí!

La gitanilla se pasaba el día cantando:

¡Qué desdichados somos, qué desdichados somos,

en la granja desdichada!

Y aunque todos le decían que el nombre era «granja de la desdicha» ella se empeñaba en llamarla «granja desdichada». La anciana vendedora ambulante y su nieta Rose tenían una canción para recolectar lúpulo que decía:

¡Condenado lúpulo!

¡Condenado lúpulo!

Cuando venga el medidor,

¡recógelo, recógelo del suelo!

Cuando viene a medir,

no sabe parar;

¡Sí, sí, métete en la saca


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