La hija del clerigo
La hija del clerigo y llévatelo todo!
«Ahí van tan contentos» y «Las campanas suenan por Sally» eran las favoritas. Los braceros no se cansaban de cantarlas; debieron de cantarlas varios cientos de veces antes de que acabara la temporada. La melodía de aquellas dos canciones resonando entre las hileras de plantas formaba tanta parte del ambiente de los campos de trigo como el aroma amargo y el sol ardiente.
Cuando volvían al campamento a eso de las seis y media, se agachaban junto al arroyo que corría por detrás de los barracones y se lavaban la cara, probablemente por primera vez en el día. Tardaban casi veinte minutos en quitarse de las manos aquella suciedad negra como el carbón. El agua y el jabón no le hacían mella, solo había dos cosas que la quitaran: una era el lodo y la otra, curiosamente, el zumo de lúpulo. Luego preparaban la cena, que por lo general consistía otra vez en té con beicon, a no ser que Nobby hubiese ido al pueblo y comprado un par de filetes de dos peniques en la carnicería. Nobby era el encargado de hacer la compra. Era de los que saben cómo sacarle cuatro peniques de carne al carnicero a cambio de dos y además era un experto en hacer pequeñas economías. Por ejemplo siempre compraba hogazas de pan de pueblo porque decía que al cortarlas en dos parecían dos barras.