La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Incluso antes de cenar se caían de sueño, pero las enormes fogatas que encendía la gente entre los barracones eran demasiado agradables para marcharse. La granja proporcionaba dos haces de leña al día por barracón, pero los braceros recogían toda la que les hacía falta y también grandes tocones de raíz de olmo que ardían hasta la mañana siguiente. Había noches en que las hogueras eran tan grandes que veinte personas podían sentarse cómodamente en torno a ellas, y se quedaban hasta las tantas cantando, contando historias y asando manzanas robadas. Parejas de chicos y chicas se perdían en los oscuros callejones; los más atrevidos, como Nobby, cogían un saco y se iban a robar en los huertos cercanos; los niños jugaban al escondite en la oscuridad y perseguían a los chotacabras que rondaban el campamento y que, en su supina ignorancia cockney, tomaban por faisanes. Los sábados por la noche, cincuenta o sesenta braceros se emborrachaban en la taberna y luego recorrían las calles del pueblo entonando canciones obscenas con gran escándalo de los vecinos, para quienes la temporada del lúpulo debía de ser como las incursiones anuales de los godos para los provincianos de la Galia romana.





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