La hija del clerigo
La hija del clerigo Cuando por fin reunían fuerzas para ir a su rincón en la paja no les parecía ni la mitad de cálido ni confortable. Después de aquella primera noche tan dichosa, Dorothy descubrió que la paja es incomodísima para dormir. No solo pica, sino que, a diferencia del heno, deja pasar el aire por todas partes. No obstante, había sacos de lúpulo de sobra para robar y, con cuatro de ellos metidos uno dentro del otro, se las ingenió para fabricar una especie de capullo con el que mantenerse lo bastante caliente para dormir al menos cinco horas cada noche.
Con lo que ganaban recogiendo lúpulo, les alcanzaba para sobrevivir, pero no más.
Cairns pagaba dos peniques la media fanega y, si el lúpulo era bueno, un bracero experimentado podía recoger fanega y media en una hora, por lo que, en teoría, habría sido posible ganar treinta chelines en una semana de treinta horas. En realidad, nadie en el campamento se acercaba siquiera a esa cifra. Los mejores braceros ganaban trece o catorce chelines a la semana y los peores ni siquiera llegaban a los seis. Trabajando juntos y repartiéndose lo que ganaban, Dorothy y Nobby sacaban unos diez chelines por semana cada uno.