La hija del clerigo
La hija del clerigo Eso se debía a varios motivos. Para empezar había algunos campos donde los conos eran muy malos. Luego estaban los inevitables retrasos que les hacían perder una hora o dos al día. Cuando terminaban con una plantación, había que llevar la saca a la siguiente, que a veces estaba a kilómetro y medio de distancia; y luego resultaba que había habido un error y el grupo, cargado con la saca (que pesaba un quintal), tenía que perder otra media hora para ir a otro sitio. Y lo peor de todo era la lluvia. Aquel septiembre hizo muy mal tiempo y llovió un día de cada tres. A veces pasaban toda una mañana o una tarde temblando tristemente al amparo de las ramas de lúpulo, y esperando con un saco empapado de lúpulo sobre los hombros, a que parase de llover. Era imposible seguir recolectando cuando llovía. Los conos estaban demasiado resbaladizos para manipularlos, y si aun así te arreglabas para recogerlos era inútil, porque mojados se quedaban en nada una vez los habían metido en la saca. A veces pasabas todo el día en los campos para ganar un chelín o menos.