La hija del clerigo
La hija del clerigo Sir Thomas no sentía la menor inclinación de ayudar a sus primos, a Dorothy ni siquiera la conocía y el rector le parecía un pariente pobre y gorrón de la peor estofa. Pero lo cierto es que acabó hartándose de aquella historia de la «hija del rector». La infausta casualidad de que Dorothy compartiera su apellido le había amargado la vida las dos últimas semanas y aún previó más y peores escándalos si la joven seguía sin volver a casa. Así que, justo antes de partir de Londres para la temporada de faisanes, llamó a su mayordomo, que también era su confidente y asesor intelectual, y celebró un consejo de guerra.
—Mira, Blyth, demonios —dijo sir Thomas con más pinta de gamba que nunca (Blyth era el nombre del mayordomo)—, supongo que habrás visto esas condenadas historias en los periódicos, ¿no? ¿Ese asunto de la «hija del rector»? Lo de esa dichosa sobrina mía.
Blyth era un hombrecillo de rasgos duros cuya voz nunca se alzaba más allá de un susurro y era tan silenciosa como pueda serlo una voz sin dejar de ser voz. Solo leyendo sus labios y escuchando con la mayor atención se podía entender lo que decía. En ese caso los labios dijeron que Dorothy era la prima de sir Thomas y no su sobrina.