La hija del clerigo
La hija del clerigo —¿Ah, mi prima? ¡Pues claro, caramba! En fin, Blyth, lo que quiero decir es que ya va siendo hora de dar con esa chica y encerrarla en algún sitio. Ya me entiendes. Tenemos que encontrarla antes de que ocurra algo peor. Creo que está en Londres. ¿Qué serÃa mejor? ¿Recurrir a la policÃa? ¿Detectives privados y demás? ¿Crees que servirÃa de algo?
Los labios de Blyth expresaron su desaprobación. Parecieron indicar que serÃa posible dar con el paradero de Dorothy sin acudir a la policÃa ni dar más publicidad al asunto.
—¡Asà se habla! —dijo sir Thomas—. Pues hazlo cuanto antes. Y no repares en gastos. DarÃa cincuenta libras por no volver a toparme con ese asunto de «la hija del rector». Y, por el amor de Dios, Blyth —añadió en tono confidencial—, cuando des con ella no la pierdas de vista. Tráela a casa y no la dejes salir. ¿Entiendes? Tenla bajo siete llaves hasta que vuelva. De lo contrario, sabe Dios lo que podrÃa hacer.
Claro que sir Thomas no conocÃa a Dorothy y puede disculpársele por haber creÃdo lo que decÃan de ella los periódicos.