La hija del clerigo

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Blyth tardó casi una semana en localizar a Dorothy. La mañana que salió de las celdas de comisaría (le pusieron seis chelines de multa o doce horas de encarcelamiento en caso de impago; a la señora McElligot la condenaron a siete días por reincidente), Blyth se acercó a ella, se levantó el sombrero hongo unos centímetros y le preguntó discretamente si era la señorita Dorothy Hare, tras lo cual le explicó que lo había enviado su primo, que estaba deseando ayudarla y que debía acompañarla a casa.

Dorothy le siguió sin decir palabra. Le extrañó que su primo se interesara de pronto por ella, pero no más que muchas de las cosas que le habían pasado en los últimos tiempos. Cogieron el autobús hasta Hyde Park Corner —Blyth pagó el billete— y luego siguieron andando hasta una casa grande y de aspecto lujoso con persianas en las ventanas, en el límite entre Knightsbridge y Mayfair. Bajaron unos escalones, Blyth sacó una llave y entraron. Y así, tras una ausencia de casi seis semanas, Dorothy volvió a la sociedad respetable por la puerta de servicio.





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