La hija del clerigo
La hija del clerigo Pasó tres días en la casa vacía hasta que volvió su primo. Fue una temporada rara y solitaria. Había varios criados en la casa, pero no vio a nadie más que a Blyth, que le llevaba las comidas y le hablaba, silenciosamente, con una mezcla de deferencia y desaprobación. No lograba decidir si era una señorita de buena familia o una Magdalena rescatada y en consecuencia la trataba como si fuese una mezcla de las dos cosas. La casa tenía ese aire callado y fúnebre que tienen las casas cuyo dueño está ausente y que hace que uno ande de puntillas y deje las persianas cerradas. Dorothy ni siquiera se atrevió a entrar en ninguno de los salones principales. Pasaba el día escondida en una habitación polvorienta en lo alto de la casa, que era una especie de museo de cachivaches de 1880 en adelante. Lady Hare, que había muerto cinco años antes, había sido una incansable coleccionista de cosas inservibles, y la mayoría acabaron arrumbadas en aquella habitación cuando murió. Era difícil decidir si el objeto más extraño de la colección era una fotografía amarillenta del padre de Dorothy a los dieciocho años, aunque con unas respetables patillas, de pie y muy pagado de sí mismo junto a una bicicleta «ordinaria» —la fotografía se tomó en 1888—, o una cajita de madera de sándalo con una etiqueta que decía «Trozo de pan tocado por Cecil Rhodes en el Banquete de la City y Sudáfrica, junio de 1897». Los únicos libros que había en la habitación eran unos horripilantes premios escolares ganados por los hijos de sir Thomas —tenía tres, el menor era de la edad de Dorothy.