La hija del clerigo
La hija del clerigo Tardó solo un par de días en poner la clase en orden. Fue curioso porque, pese a no tener experiencia en la enseñanza y ninguna teoría preconcebida al respecto, desde el primer día empezó a reorganizar, planear e innovar como empujada por su instinto. Había que cambiar muchas cosas. Lo primero, evidentemente, era poner fin a la horripilante rutina de las «copias» y después de su segundo día de trabajo no volvieron a hacer ninguna, a pesar de los resoplidos de la señora Creevy. También redujo las clases de caligrafía. Dorothy habría querido suprimirlas para las niñas mayores —le parecía ridículo que niñas de quince años perdieran el tiempo practicando su caligrafía—, pero la señora Creevy no quiso ni oír hablar del asunto. Parecía conceder un valor casi supersticioso a las clases de caligrafía. Y el paso siguiente, claro, fue deshacerse de la repulsiva Historia de Gran Bretaña en cien páginas y los absurdos «libros de lectura». De nada habría servido pedirle dinero a la señora Creevy para comprarles libros a los niños, pero el primer sábado por la tarde Dorothy le rogó que le diera permiso para ir a Londres y ella se lo concedió a regañadientes, así que gastó dos libras y tres chelines de sus preciosas cuatro libras con diez chelines en comprar una docena de ejemplares de segunda mano de una edición escolar barata de Shakespeare, un enorme atlas de segunda mano, unos cuantos ejemplares de cuentos de Hans Andersen para las niñas más pequeñas, un juego de instrumentos geométricos y un kilo de plastilina. Con eso, y unos cuantos libros de historia que sacó de la biblioteca pública, se sintió capaz de empezar.