La hija del clerigo
La hija del clerigo Había comprendido enseguida que lo que más necesitaban aquellas niñas, y lo que nunca habían tenido, era atención individual. Así que empezó por separarlas en tres clases diferentes y dispuso las cosas para que dos de ellas pudieran trabajar solas mientras ella explicaba algo a la tercera. Al principio fue difícil, sobre todo con las pequeñas, que se despistaban en cuanto las dejaba solas por lo que no podía quitarles la vista de encima. Y, no obstante, ¡qué maravillosa e inesperadamente mejoraron casi todas aquellas primeras semanas! La mayoría no eran tontas, solo estaban embotadas por tanto galimatías monótono y mecánico. La primera semana siguió siendo imposible enseñarles nada, pero de pronto su imaginación pareció brotar y extenderse como las margaritas cuando deja uno de pasarles la segadora por encima.