La hija del clerigo
La hija del clerigo A Dorothy le fue fácil inculcarles el hábito de pensar por sí mismas. Les puso a hacer ejercicios de redacción personales en lugar de copiar bobadas sobre pajarillos cantando entre las ramas y capullos en flor. Empezó la aritmética por la base y enseñó a las pequeñas a multiplicar y ayudó a las mayores a hacer divisiones largas y a operar con fracciones, incluso consiguió que tres de ellas empezaran a estudiar los decimales. Les enseñó los primeros rudimentos de la gramática francesa en lugar de los Passez-moi le beurre, s’il vous plaît y Le fils du jardinier a perdu son chapeau. Al ver que ninguna de las niñas sabía qué aspecto tenía ningún país del mundo (aunque varias sabían que Quito era la capital del Ecuador), las puso a hacer un mapa en relieve de Europa en plastilina sobre un tablero de madera y copiado a escala del atlas. A las niñas les encantaba hacer el mapa, siempre le pedían que las dejara seguir con él. Y puso a toda la clase, excepto a las seis niñas más pequeñas y a Mavis Williams, la especialista en garabatos, a leer Macbeth. Ninguna había leído voluntariamente nada en toda su vida, excepto tal vez el Periódico de las Señoritas, pero enseguida se aficionaron a Shakespeare, como les pasa siempre a los niños cuando no se les obliga a analizar el texto hasta hacérselo odioso.