La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Dorothy descubrió que algunas de las niñas mayores habían leído más de cuatro veces la Historia de Gran Bretaña en cien páginas, desde Boadicea hasta el primer Jubileo, y habían olvidado hasta la última palabra. No es que importara mucho, pues la mayor parte de lo que contaba eran patrañas. Volvió a empezar las clases con la invasión de Julio César, y al principio trató de sacar los libros de la biblioteca pública y leérselos en voz alta a las niñas; pero el método fracasó porque no entendían nada que se les explicase con vocablos de más de una o dos sílabas. Así que hizo lo que pudo y recurrió a sus propias palabras y sus escasos conocimientos para parafrasear lo que leía y explicárselo a las niñas, esforzándose en evocar en sus embotadas cabezas alguna imagen del pasado y, lo que era aún más difícil, tratando de despertar su interés por él. Pero un día se le ocurrió una idea brillante. Compró un rollo de papel de empapelar normal y corriente en una tienda de tapicería y puso a las niñas a dibujar un mapa histórico. Dividieron el papel en siglos y en años y pegaron recortes que sacaron de revistas ilustradas —dibujos de caballeros con armadura, galeones españoles, imprentas, y ferrocarriles— en los lugares adecuados. Clavado en las paredes de la clase, el mapa, a medida que fue habiendo más recortes, ofreció una especie de panorama de la historia de Inglaterra. A las niñas les gustaba aún más que el mapa en relieve. Dorothy descubrió que siempre demostraban más inteligencia cuando se trataba de hacer algo y no solo de aprenderlo. Incluso se habló de hacer un mapamundi en relieve de ciento veinte centímetros de lado con cartón piedra, si Dorothy lograba convencer a la señora Creevy de que les permitiera preparar el cartón piedra, un proceso algo engorroso que requería utilizar cubos de agua.


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