La hija del clerigo

La hija del clerigo

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La señora Creevy supervisó las innovaciones de Dorothy con mirada celosa, pero al principio no se entrometió. Aunque no estuviera dispuesta a admitirlo estaba muy contenta y satisfecha de haber dado con una ayudante que parecía estar dispuesta a trabajar. Cuando vio que Dorothy había comprado los libros de texto con su propio dinero sintió la misma sensación que habría sentido al estafar a alguien. Aun así, se pasaba el día gruñendo y resoplando al ver lo que hacía Dorothy y malgastaba mucho tiempo insistiendo en lo que ella llamaba «la corrección meticulosa» de los cuadernos de las niñas. Su sistema de corrección, como todo el plan de estudios de la escuela, estaba hecho pensando en los padres. Las niñas llevaban periódicamente los cuadernos a casa para que los vieran los padres, y la señora Creevy no permitía que se escribiera en ellos ninguna crítica. No se podía escribir un «mal», ni tachar ni subrayar demasiado; en lugar de eso, Dorothy pasaba las tardes decorando los cuadernos con comentarios más o menos elogiosos en tinta roja al dictado de la señora Creevy. «Una notable labor», y «¡Excelente! Estás haciendo grandes progresos. ¡Sigue así!» eran los preferidos de la señora Creevy. Según ella, todas las niñas de la escuela estaban «haciendo grandes progresos», aunque no se especificara en qué dirección. Y por lo visto los padres estaban dispuestos a tragar una cantidad ilimitada de esas tonterías.


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