La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Por supuesto, en ocasiones Dorothy tenía dificultades con las niñas. Al tener edades tan diferentes eran más difíciles de manejar, y aunque la apreciaban y al principio fueron muy «buenas», no habrían sido niñas si hubiesen sido buenas todo el tiempo. A veces eran perezosas y otras sucumbían al peor vicio de las colegialas: las risitas. Los primeros días Dorothy se esforzó mucho con la pequeña Mavis Williams, que era más tonta de lo que nadie habría podido imaginar en una niña de once años. Dorothy no sabía qué hacer con ella. Cada vez que intentaba que hiciese algo que no fuesen garabatos la niña la miraba con una especie de vacuidad casi infrahumana. No obstante, en ocasiones le daba por hablar y plantear preguntas sorprendentes y casi imposibles de responder. Por ejemplo, abría el «libro de lectura», encontraba una de las ilustraciones —digamos, el sagaz elefante— y preguntaba a Dorothy:

—Perdone, señorita, ¿qué es esto de aquí? —Pronunciaba mal las palabras de un modo muy curioso.

—Eso es un elefante, Mavis.

—¿Qué es un elefante?

—Un elefante es un animal salvaje.

—¿Qué es un animal?

—Bueno…, un perro es un animal.

—¿Qué es un perro?


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