La hija del clerigo

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La señora Creevy miró a Dorothy a los ojos. Tal vez fuese a decirle que siempre las arreglaba de modo que cada chica pareciese la mejor de la clase, pero se contuvo. Al principio Dorothy no pudo responder. Exteriormente estaba pálida y sumisa, pero en su corazón ardían una rabia y una repulsión que le impedían decir palabra. No obstante, no se le ocurrió contradecir a la señora Creevy. Aquel «par de cosas» había quebrantado su ánimo. Dominó su voz y dijo:

—Así que solo tengo que enseñar aritmética y caligrafía, ¿no?

—Bueno, no es eso lo que le he dicho exactamente. Hay muchas otras materias que quedan muy bien en los folletos. El francés, por ejemplo…, el francés queda de maravilla en los folletos. Pero no pierda demasiado tiempo con eso. No las atiborre de gramática, sintaxis, verbos y demás. No les servirá de nada. Un poco de parlevu fransé y pasé mua le beurre y demás, es mucho más práctico que la gramática. Y lo mismo con el latín…, siempre pongo el latín en los folletos. Aunque a usted no debe de dársele muy bien, ¿verdad?

—No —admitió Dorothy.


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