La hija del clerigo
La hija del clerigo Solo después, y de forma muy gradual, descubrió Dorothy esas verdades sobre las escuelas privadas. Al principio la embargaba el absurdo temor de que un buen día se presentasen unos inspectores en Ringwood House, descubriesen aquella estafa vergonzosa y organizaran el escándalo consiguiente. No obstante, después comprendió que eso no ocurriría jamás. Ringwood no era una escuela «reconocida» y por tanto podía ser inspeccionada. Un día, un inspector visitó la escuela, pero aparte de medir las dimensiones del aula para asegurarse de que las niñas tuviesen no sé cuántos metros cúbicos de aire por cabeza no hizo nada: carecía de autoridad para hacer más. Solo la exigua minoría de las escuelas «reconocidas» —menos de una de cada diez— se someten a inspecciones oficiales para decidir si cumplen o no con unos requisitos educativos razonables. A las demás se les permite enseñar exactamente lo que quieran. Los únicos que las controlan e inspeccionan son los padres de los niños: ciegos guiando a otros ciegos.
Al día siguiente Dorothy empezó a impartir sus clases de acuerdo con las órdenes de la señora Creevy. La primera lección del día era caligrafía, la segunda geografía.
—Basta por hoy, niñas —dijo Dorothy cuando el lúgubre reloj dio las diez—. Ahora empezaremos con la geografía.