La hija del clerigo
La hija del clerigo —¡No, no! Deje que me lo envÃen. No me atrevo a volver. La señora Creevy se pondrÃa hecha una furia.
—¿La señora Creevy? ¿Quién es la señora Creevy?
—La directora…, o al menos la dueña de la escuela.
—Una auténtica arpÃa, ¿no? Déjemela a mÃ… Yo me las veré con ella. Perseo y la Gorgona. Y usted es Andrómeda. ¡Eh! —le gritó al taxista.
Los dos fueron a la puerta principal y el señor Warburton llamó a la puerta. Por algún motivo, Dorothy no creÃa que la señora Creevy fuese a devolverle sus cosas. Lo cierto es que los imaginaba huyendo despavoridos y a la señora Creevy persiguiéndolos con la escoba. Sin embargo, volvieron a salir al cabo de dos minutos, y el taxista llevaba su baúl al hombro. El señor Warburton ayudó a Dorothy a subir al taxi y al sentarse le dio media corona.
—¡Qué mujer! ¡Qué mujer! —dijo en tono comprensivo cuando el taxi se puso en marcha—. ¿Cómo demonios ha podido aguantarla todo este tiempo?
—¿Qué es esto? —preguntó Dorothy mirando la moneda.
—La media corona que le dejó para que le enviase el equipaje. Tiene mérito habérsela arrancado a esa vieja ¿eh?