La hija del clerigo

La hija del clerigo

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El muchacho volvió a subir a su bicicleta y se alejó pedaleando silbando con todas sus fuerzas para demostrarle a Dorothy cuánto la despreciaba por no haberle dado propina. Pero Dorothy no notó el desdén del repartidor. La única frase del telegrama que había entendido era «su padre quiere que vuelva a casa cuanto antes» y la sorpresa que le había causado la había dejado medio aturdida. Se quedó en la acera un tiempo indefinido bajo el viento frío pensando las cosas más vagas imaginables hasta que oyó llegar un taxi en el que viajaba el señor Warburton, quien, en cuanto vio a Dorothy, mandó parar al taxista, salió, corrió a su encuentro muy sonriente y la cogió de las manos.

—¡Vaya! —gritó y le dio un abrazo pseudopaternal sin importarle quién pudiera estar viéndoles—. ¿Cómo está? Pero ¡caramba, qué delgada está! Se le notan las costillas. ¿Dónde está esa escuela donde dice que trabaja? —Dorothy, que aún no había podido librarse de su abrazo, se volvió y echó una mirada hacia las sombrías ventanas de Ringwood House—. ¿Qué? ¿Ahí? ¡Dios mío, menudo agujero! ¿Qué ha hecho con su equipaje?

—Está dentro. Les he dejado dinero para que me lo envíen. No creo que haya problema.

—¡Bobadas! ¿Por qué pagar? Lo llevaremos con nosotros. Puede ir en el techo del taxi.


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