La hija del clerigo

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—¡Pero si le di cinco chelines! —exclamó Dorothy.

—¡Qué! Esa mujer dijo que le había dejado media corona. ¡Se necesita ser sinvergüenza! Volveremos a recuperar la otra media corona. ¡Solo por fastidiarla! —Dio un golpecito en el cristal.

—¡No, no! —dijo Dorothy poniéndole la mano en el brazo—. No tiene importancia. Vayámonos de aquí cuanto antes. ¡No podría volver a ese sitio jamás!

Era cierto. Estaba dispuesta a sacrificar no solo media corona, sino todo el dinero que tenía antes que volver a pisar Ringwood House. Así que continuaron el viaje dejando victoriosa a la señora Creevy. Sería interesante saber si esa fue otra de las ocasiones en que la señora Creevy rió.

El señor Warburton insistió en seguir con el taxi hasta Londres y habló tanto, cuando se lo permitió el ruido del tráfico, que Dorothy apenas pudo preguntarle nada. Hasta que llegaron al centro no logró que le explicara a qué se debía aquel súbito cambio de fortuna.

—Dígame —dijo—, ¿qué ha sucedido? No lo entiendo. ¿Por qué de pronto puedo volver a casa? ¿Por qué ha dejado de creer la gente a la señora Semprill? ¿No habrá confesado?


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