La hija del clerigo
La hija del clerigo Incluso su padre la habÃa recibido como si solo hubiese pasado fuera el fin de semana. Cuando llegó estaba en su despacho fumando pensativo una pipa delante del reloj del abuelo, cuyo cristal habÃa hecho pedazos la mujer de la limpieza cuatro meses antes y aún seguÃa sin arreglar. Cuando Dorothy entró, se quitó la pipa de la boca y la guardó en el bolsillo con un gesto despistado y senil. Su hija pensó que habÃa envejecido mucho.
—Vaya, por fin has llegado —dijo—. ¿Has tenido buen viaje? —Dorothy le echó los brazos al cuello y rozó con los labios las pálidas mejillas de su padre. Cuando le soltó, él le dio una palmadita en el hombro con un gesto levemente más afectuoso de lo habitual—. ¿A quién se le ocurre marcharse asà de casa? —preguntó.
—Ya te lo dije, papá…, perdà la memoria.
—Ya… —respondió el rector, y Dorothy comprendió que no la creÃa y que no la creerÃa nunca, y que en muchas ocasiones futuras en que no estuviese de tan buen humor sacarÃa a relucir aquella fuga para reprochársela—. Bueno —añadió—, cuando hayas subido la maleta a tu cuarto, baja la máquina de escribir, ¿quieres? Necesito que mecanografÃes mi sermón.