Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Un amigo. ¿O era una mujer, esa “ella” inalcanzable? ¿Alguien como Mrs. Lackersteen, por ejemplo? Quizá alguna condenada memsahib amarillenta y delgaducha, aficionada al chismorreo en los cócteles, que riñera a los criados y viviese veinte años en el país sin aprender ni una palabra del idioma. No, por Dios, de ésas no.
Flory se apoyó en la verja. La luna desaparecía detrás de la densa pared que formaba la selva, aunque los perros continuaban aullando. Le vinieron a la mente unos versos de Gilbert, una cancioncilla tonta y vulgar pero muy apropiada para la ocasión; era algo así como «discurra usted sobre su complicado estado de ánimo». Gilbert era un granujilla con mucho talento. ¿Se reducían entonces sus problemas a eso? ¿Sólo gimoteos que poco decían de su hombría, cosas como de “pobre niña rica”? ¿No era más que un gandul que empleaba su ocio en inventar desgracias imaginarias? ¿Una Mrs. Wititterly más espiritual? ¿Un Hamlet sin el verso? Puede. Y en caso de que así fuera, ¿hacía eso que resultara más soportable? No lo hacía menos amargo, porque es culpa de uno mismo el verse perdido, pudriéndose, entre el deshonor y la terrible inutilidad, mientras se sabe que en algún rincón dentro de uno mismo existe la posibilidad de ser una persona decente.