Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Iba a afeitarse por segunda vez aquel día y no quería que Ko S’la le viese llevar su cuchilla y el resto de los útiles al cuarto de baño. Hacía muchos años desde la última vez que se había afeitado dos veces el mismo día. Pensó que había sido providencial que hubiera encargado una corbata nueva la semana pasada. Se vistió con mucho esmero y pasó casi un cuarto de hora cepillándose el cabello, que era muy crespo y se ponía muy rebelde cada vez que se lo cortaban.
Poco después, casi sin darse cuenta, se encontró bajando con Elizabeth por el camino del bazar. La había encontrado sola en la “biblioteca” del Club y en un súbito arrebato de valor le pidió que diera un paseo con él. Ella accedió con un buen talante que le sorprendió, sin comunicárselo siquiera a sus tíos. Flory llevaba tanto tiempo en Birmania que había olvidado las costumbres inglesas. Estaba muy oscuro bajo los árboles del camino del bazar y el follaje ocultaba la luna en cuarto creciente, aunque algunas estrellas resplandecían entre los huecos que dejaban las hojas, blancas y muy bajas, como lámparas colgadas de hilos invisibles. Sucesivas ráfagas de aroma les llegaban meciéndose, primero la empalagosa dulzura de los jazmines de las Antillas, y luego un frío y putrefacto hedor a estiércol que provenía de las chozas que había frente al bungalow del Dr. Veraswami. A poca distancia de allí latían unos tambores.