Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Torcieron el recodo y les iluminó una luz deslumbrante. El público que asistía al pwe bloqueaba unos treinta metros del camino. Iluminado por unas lámparas de aceite humeantes, se podía ver al fondo un escenario al lado del cual la orquesta tocaba atronadoramente. Sobre las tablas dos hombres vestidos con una indumentaria que recordaba a Elizabeth las pagodas chinas, adoptaban posturas afectadas mientras sostenían cimitarras. El camino era un mar todo él de espaldas de mujeres vestidas con muselina blanca, pañuelos rosas echados sobre los hombros y cilindros de cabello moreno. Algunas estaban tumbadas en sus esterillas, profundamente dormidas. Un viejo chino con una bandeja de cacahuetes se abría camino entre la multitud al tiempo que pregonaba con tono lúgubre:
—¡Myaype! ¡Myaype!
—Si le parece bien nos podemos quedar aquí y verlo un rato.
La deslumbrante luz y el tremendo jaleo que armaba la orquesta habían dejado algo aturdida a Elizabeth, aunque lo que más le confundía era contemplar a aquella multitud sentada en medio de la carretera como si aquello fuera la platea de un teatro.
—¿Representan sus obras siempre en medio de la carretera? —preguntó ella.