Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Elizabeth no sabía qué hacer. Por un lado, no le parecía muy bien, ni siquiera seguro, meterse entre aquella multitud de nativos malolientes. Aunque por el otro, confiaba en Flory, que seguramente sabía lo que era más oportuno, y dejó que le condujese finalmente hasta donde estaban las sillas. Los birmanos se apartaron un poco para que pudieran pasar, sin dejar en ningún momento de observarlos y cuchichear; las espinillas de Elizabeth rozaron los cuerpo cubiertos de muselina, los mismos que hedían un tufo silvestre. U Po Kyin se inclinó sobre Elizabeth haciendo una reverencia tan bien como su cuerpo se lo permitía y dijo con voz nasal:
—Es muy amable al venir a sentarse, señora, y un gran honor el conocerla. ¡Buenas noches, Mr. Flory! Qué placer tan inesperado. Si hubiéramos sabido que iba a honrarnos con su presencia habríamos traído whisky y otras bebidas europeas. ¡Ja, já!