Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Se rio y sus dientes teñidos de rojo por betel brillaron a la luz de la lámpara como papel de plata encarnado. Era tan inmenso y repugnante que Elizabeth no puedo evitar retroceder unos pasos ante él. Un jovencito esbelto y vestido con un longyi púrpura se inclinaba hacia ella mientras sujetaba una bandeja con dos vasos de sorbete helado y amarillo. U Po Kyin dio unas palmadas secas y diciendo «¡Hey haung galay!» llamó a un chico que tenía a su lado. Le dio algunas instrucciones en birmano y el chico avanzó abriéndose paso hasta el escenario.

—Está diciéndoles que saquen a la mejor bailarina en nuestro honor —dijo Flory—. Mire, ahí viene.

Una muchacha que había estado antes sentada en cuclillas, fumando en la parte trasera del escenario, se adelantó hasta uno de los focos.

Era muy joven, estrecha de hombros, sin apenas pecho, y llevaba puesto un longyi de satén azul claro que le tapaba los pies. Los faldones de su ingyi se abultaban a la altura de las caderas, asemejándose a unas pequeñas alforjas, tal y como dictaba la antigua costumbre birmana. Eran como los pétalos de una flor que miraba hacia abajo. Arrojó el cigarro con languidez a uno de los hombres de la orquesta y luego, estirando uno de sus delgados brazos, lo retorció como si se estuviera soltando los músculos.


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