Los dias de Birmania

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La orquesta estalló en una súbita algarabía. Había flautas que sonaban como gaitas, un extraño instrumento que consistía en unas placas de bambú que un hombre golpeaba con un pequeño martillo, y en el centro había un individuo rodeado por doce tambores de distintos tamaños. Pasaba de uno a otro muy rápidamente, golpeándolos con la palma de las manos. La muchacha empezó a bailar poco después de empezada la música. Aunque al principio no era un baile propiamente dicho, sino una serie de movimientos rítmicos; asentía con la cabeza, adoptaba posturas extrañas y retorcía los codos como las figuras de madera de los antiguos tiovivos. De hecho, el modo que tenía de girar el cuello y los codos era exactamente igual que el de los muñecos articulados, y aún así sus movimientos resultaban increíblemente sinuosos. Sus manos, que con los dedos pegados se enroscaban como cabezas de serpiente, podían doblarse hacia atrás hasta casi tocar los antebrazos. Poco a poco sus movimientos se fueron acelerando. Empezó a brincar de un lado a otro, dejándose caer con una especie de reverencia para incorporarse de nuevo con extraordinaria agilidad, sin importar en absoluto que su largo longyi le cubriera los pies. Después bailó adoptando una pose grotesca con la que parecía como si estuviese sentada, con las rodillas encogidas, el cuerpo encorvado hacia delante, los brazos extendidos y retorciéndose, y la cabeza agitándose al ritmo de los tambores. La música se aceleraba más hasta alcanzar el clímax. La muchacha se irguió y comenzó a dar vueltas sobre sí misma como un trompo y las alforjas de su ingyi se levantaron y la cubrieron como los pétalos de una campanilla. Entonces la música paró tan bruscamente como había empezado y la muchacha se agachó de nuevo para hacer una honda reverencia, entre los escandalosos gritos del público.


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