Los dias de Birmania
Los dias de Birmania La música se reanudó y la bailarina del pwe comenzó a danzar de nuevo. Tenía la cara tan llena de polvos que le resaltaba bajo los focos como una máscara de tiza con los ojos asomando por los huecos. Con su cara ovalada tan blanca y aquellos gestos inexpresivos parecía un demonio. La música cambió de tempo y la muchacha empezó a cantar con voz estridente. Era una canción con un rápido ritmo trocaico, alegre y a la vez furioso. La multitud la acompañó, haciendo que un centenar de voces corearan las ásperas sílabas al unísono. Sin abandonar su extraña postura inclinada, la muchacha fue girando hasta quedar con las nalgas proyectadas hacia el público. Su longyi de seda brillaba como el metal. Sin dejar de dar vueltas a las manos y los codos, meneó el trasero de un lado a otro. Después (proeza asombrosa que se podía ver perfectamente a través del longyi) comenzó a contraer las nalgas independientemente y al ritmo de la música.
El público estalló en un aplauso ensordecedor. Los tres niñas que dormían sobre la esterilla se despertaron al mismo tiempo y se pusieron a aplaudir como locas. Uno de los empleados gritó nasalmente «¡Bravo, bravo!» en inglés en honor a los europeos presentes. En cambio, U Po Kyin frunció el ceño y sacudió la mano. Conocía perfectamente a las mujeres europeas. Para entonces, Elizabeth ya se había puesto de pie.