Los dias de Birmania

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Ko S’la, que había deseado durante mucho tiempo la marcha de Ma Hla May, no estaba del todo contento ahora que había sucedido. Y lo estuvo mucho menos aún cuando vio a su señor acudiendo a la iglesia o, como él la llamaba, la “pagoda inglesa”, pues Flory seguía todavía en Kyauktada para cuando el padre llegó, y fue al servicio con los demás. Se congregaron doce personas, incluyendo a Mr. Francis y seis nativos cristianos. Mrs. Lackersteen tocó Aguarda conmigo en el pequeño armonio de un solo pedal. Era la primera vez en diez años que Flory acudía a la iglesia, si no contaba los funerales. La idea que tenía Ko S’la de lo que pasaba en el interior de la “pagoda inglesa” era vaga en extremo; pero comprendía que ir a misa significaba ser respetable, una cualidad que, como todos los criados de solteros, odiaba con toda el alma.

—Se avecinan problemas —dijo desalentadoramente a los otros criados—. He estado observándole (refiriéndose a Flory) estos últimos diez días. Ha reducido a quince los cigarrillos que fuma diariamente, ha dejado de tomar ginebra antes del desayuno y se afeita todas las tardes a pesar de que el tonto de él se cree que no lo sé. ¡Y ha encargado medía docena de camisas de seda! Tuve que andar encima del dirzi y hasta llamarle bahinchut para que estuvieran listas a tiempo. ¡Malos augurios! Le doy como mucho tres meses más y después habrá que decir adiós a la paz en esta casa.


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