Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Era la primera vez que habían reñido en serio. Flory se sentía demasiado desgraciado incluso para preguntarse los motivos por los que se había ofendido Elizabeth. No se daba cuenta de que su constante esfuerzo por despertar interés hacia todo lo oriental en la joven, a ésta le resultaba algo perverso, rufianesco, un afán morboso por lo repugnante y “horrible”. Ni siquiera después de este episodio Flory había logrado comprender con qué ojos veía Elizabeth a los “nativos”. Lo único que sabía era que cada vez que intentaba compartir con ella su vida, sus opiniones, su idea de lo bello, etc…, ella le rehuía como un caballo atemorizado.
Caminaron por la carretera, él a la izquierda y un poco rezagado. Observaba la mejilla de ella que tenía a su alcance y los pelillos dorados de la nuca que sobresalían por debajo del ala del terai. ¡Cómo la quería, cómo la quería! Era como si nunca antes la hubiese amado de verdad hasta ese instante en el que caminaba tras ella derrotado, sin atreverse siquiera a mostrar su rostro desfigurado. Hizo ademán de hablar varias veces, pero se contuvo. No se notaba la voz firme y no sabía qué podía decirle sin arriesgarse a molestarla de nuevo. Por fin, sacando un tema sin importancia, dijo llanamente:
—Hace un calor horrible, ¿verdad?